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ESCUELA, ENCIERRO Y MARGINALIDAD


La escuela pública moderna surge en el siglo XIX como solución a problemas públicos que se presentaban al modo de producción imperante: mejorar la fuerza de trabajo y encerrar a los niños desocupados (como claramente lo expresa y denuncia la obra literaria de Charles Dikens) para que no deambulen desempleados; “Dejen jugar a los niños y no los encierren”, reclamaba Don Francisco Giner de los Ríos desde mediados del siglo XIX. Las intenciones de una “reforma moral de la población” conducirían no sólo al encierro laboral y productivo en las grandes fábricas y talleres, sino en las instituciones educativas, como seminarios, internados y demás “concentraciones escolares”, con sus normas de disciplinamiento estricto y el control riguroso sobre los cuerpos y los gestos, en busca de la regulación y normalización definiendo las posturas correctas en las diversas actividades como ya se hiciera en el mundo laboral, médico o militar, con los procesos de higienización, amaestramiento castrense, con la vigilancia, la planeación, la inspección y el establecimiento de las jerarquías religiosas, militares, laborales...

Luego vendría el control sobre procesos como los nacimientos, la morbilidad, la mortalidad… de esta manera se impondrían las biopolíticas que tan sistemáticamente analizara Michel Foucault; inicialmente mediante mecanismos de exclusión y de segregación de los grupos llamados “anormales” -leprosos, locos, brujas, apóstatas-, también por la descalificación y el rechazo de mendigos, indigentes, judíos, gitanos, trashumantes y luego por el sistemático apartamiento y la marginalidad de -drogadictos - alcohólicos - vagabundos y otros seres humanos de “condición cotradicha”, como lo señaló nuestro poeta... Se suman a estos mecanismos, las constantes acciones de colonialismo e intervencionismo político y militar de los llamados países “civilizados”, sobre los dependientes, con sus irreparables secuelas de etnocidio, persecución y maltrato primero a los pueblos aborígenes y después a los refugiados e inmigrantes que llegan a esas metrópolis.

Hoy podemos hablar, además, de una regulación sostenida en el Darwinismo social, no sólo con en el control de la sexualidad, de la natalidad, con la medicalización generalizada de la vida, el racismo y la xenofobia, sino también con el manejo de los controles estadísticos y el fichamiento de personas, con la vigilancia para la “seguridad social” y ciudadana, con la pedagogización del mundo de la vida y la instauración del “pensamiento único” y, ya mismo, con la puesta en marcha de la ingeniería genética y la manipulación del genoma humano, la clonación, la eugenesia y la eutanasia, bajo el poder de los Estados y de las corporaciones transnacionales.

Los Campos de concentración y de exterminio establecidos por los nazis a mediados del pasado siglo, preludiaban el destino manifiesto de estas democracias fascistas que buscan la normalización total: buenos obreros, buenos estudiantes, buenos ciudadanos, en fin como lo dice Pedro García Olivo, individuos capaces de ser “policías de sí mismos”.

En definitiva la escuela ha sido un instrumento de control y coerción para los niños: anticalle - antiparque - antilibertad (Giner de los Ríos) con una acendrada vocación “concentracionista” al servicio de la democracia burguesa; hace parte de la historia de los sujetos sometidos, es una de las instituciones de encierro, es un mecanismo de la microfísica del poder como lo señalaran Nietzsche y Foucault, junto a hospitales - cuarteles - cárceles - manicomios - fábricas - seminarios - internados. Es decir, las llamadas concentraciones escolares, preludiaban desde sus expresiones democráticas o demo-liberales, el camino hacia los campos de concentración y de exterminio que caracterizaron el proyecto de la burguesía en sus expresiones nazi-fascistas. Tuvieron su origen a partir del establecimiento de los cronosistemas, en las disciplinas laborales y escolares, con el rigor del reloj sobre las conductas, con el manejo y control de los comportamientos y los cuerpos (campanas - silbatos - formaciones - marchas - uniformes) y llegaron a su “mayoría de edad” en los campos de concentración y de exterminio de que hicieron gala los nazis y que hoy vemos reaparecer con las políticas que aplican los estados imperialistas, con sus campos de retención y reeducación a los inmigrantes.

Pero, la vocación concentracionista no para ahí. Como lo ha analizado Zygmunt Bauman, las ciudades que antaño constituían una especie de refugio frente a los ‘anormales’, a los marginales, han pasado a ser focos de peligro y reclaman, cada vez más, medidas de seguridad que les permitan a los buenos burgueses llevar una “buena vida”, sin las inseguridades que les acechan de la mano de esas enormes masas de desarraigados e indigentes que pululan en las grandes (y pequeñas) urbes. Por ello han surgido esa especie de campos de concentración diseñados para la “democracia”; una nueva estética urbana con esos guetos voluntarios llamados “conjuntos residenciales cerrados”, con sus poderosos sistemas de vigilancia y control que nada tienen que envidiara a las cárceles de máxima seguridad: La valla separa al “gueto voluntario” de los ricos y poderosos de los incontables guetos forzosos en que viven los desheredados. Para los habitantes del gueto voluntario los demás guetos son lugares a donde ‘no vamos’. Para los habitantes de los guetos involuntarios, en cambio, el área en donde se encuentran confinados (al verse excluidos de todas partes) es el espacio ‘del que no se nos permite salir’.

Separamento, encierro, marginalidad de los desposeídos con respecto a los poseedores ha sido el sueño del sistema burgués. Proyecto que intentan cumplir mediante la implementación de múltiples sistemas de control y vigilancia para que no se salgan, para que no escapen, o para que no entren, para que no irrumpan en sus falsos paraísos. Todo ello se cumple tanto dentro como fuera del llamado sistema educativo.

Julio César Carrión Castro,

Maestro de Colombia.

Fotografía del texto,

por un artista desconocido,

Los niños en la prisión.


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